martes, febrero 15, 2005

Alguna vez tenía que pasarme

Y me pasó el domingo. No sabía lo que era eso de “sufrir” en una carrera que tantas veces oyes a otros aficionados. En la media de Puente Genil, que os avisé que iba a preparar, pasé todas las penurias posibles. Toda la semana sentía las piernas cansadas, tanto que no terminé las series cortas del martes y del sábado. No le di mayor importancia. Era natural que habiendo subido el ritmo de entrenamiento las dos últimas semanas los músculos estuvieran adaptándose y se resintieran del esfuerzo. Pero pensaba, iluso yo, que para el domingo todo estaría en orden.
En la salida había muchos corredores (acabamos 467, con lo que me imagino que habría más en la salida). No lograba sentirme cómodo, atrapado así entre la gente. En los cuatro primeros kilómetros, que tienen un trazado urbano, se me hacía difícil hacerme un poco de sitio sin molestar a los que me rodeaban. Habitualmente, esto no es un problema como tampoco me suelen molestar los grupos de amiguetes de clubes de la provincia que gritan contentos y llaman la atención de conocidos y extraños en las aceras del pueblo, pero también esto me irritaba esta vez. Sin salir del trazado urbano seguía con la respiración demasiado agitada y sin un ritmo definido. En el kilómetro 4, se me desató una zapatilla. Enfadado, me eché a un lado para atármela y continué. El grupo de gritones que había conseguido dejar un poco atrás se me volvió a colocar al lado hasta el 5, donde había una avituallamiento de agua y conseguí dejarlos un poco atrás. No cogí agua, pensando que era demasiado pronto y con la intención de alcanzar algún ritmo cómodo que todavía no había conseguido. Pensando en esto, el pantalón comenzó a molestarme en la ingle, lo que consiguió ir subiendo mi nivel de desconcierto, incomodidad y cabreo.
Ya salíamos del casco urbano de Puente Genil, hacia el hermosísimo canal de riego donde esperaba que el paisaje y el desahogo me harían sentirme mejor. En el kilómetro 8, creí reconocer algo similar a un buen ritmo, en el que no oía tanto la respiración y avanzaba pegado al canal y dejando que me pasasen camisetas de todos los colores. En el once cogí, tarde, la primera botella de agua, que no fui capaz de beber entera. Hasta el 14 mantuve el ritmo, pero antes de llegar al 15 comenzaron los dolores en los cuadriceps, que llevaban avisándome toda la semana. En la parte delantera de las plantas de ambos pies también me noté claramente cómo se iban formando una par de ampollas, que me calentaban esa parte del pie. Ya hacía rato que sólo quería llegar y me iba hundiendo cada metro un poco más, a lo que ayudaba el hecho de ser continuamente pasado por corredores de todo pelaje. En el 19, en una cuesta abajo anterior a una pequeña subida, se me metió un mosquito en el ojo. Afortunadamente, había un puesto de esponjas y conseguí enjugarme el ojo justo antes de comenzar el repecho. Ya estábamos otra vez en el pueblo y la pancarta del 20 hubiese sido un regalo si no hubiera estado justo en la parte baja de una subida que casi me deja clavado en el empedrado de la calle. Llegué como pude en 1 hora y 44 minutos y una sensación horrible en todo el cuerpo. No me paré y no abandoné, aunque no me faltaron ganas casi desde el comienzo. Ayer corrí 20 minutos y comencé a pensar que esta espina sólo me la puedo sacar con otra carrera, a la que prometo no llegar cansado...

1 Comments:

At 6:46 p. m., Blogger gacuj said...

De todo se aprende. Verás como, si llevas dentro un buen corredor, la rabia te llevará a entrenar más y mejor y conseguir buenos resultados en las próximas carreras.

 

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